Una noche El Sombrerón caminaba en un barrio de La Antigua Guatemala cuando vio a una muchacha muy bella con pelo largo y se enamoró de ella. Buscó su casa y le llevó serenata una y otra noche, pero ella no le dijo nada a sus padres sobre él. Un día empezó a dejar de comer hasta el punto de que casi murió, y fue entonces cuando la madre se dio cuenta que era por El Sombrerón. Llevó a su hija a un convento creyendo que ahí iba a estar mejor, pero la niña siguió sin comer y un día despertó con una trenza en su pelo hecha por el espectro y ese día murió. Luego en el velorio, apareció El Sombrerón llorando y sus lágrimas eran como cristales. Jamas olvida a las muchachas que ha amado.
Cuentos y leyendas de Guatemala
domingo, 31 de mayo de 2015
EL CADEJO
El cadejo es un mítico animal fantasmagórico que aparece a las personas. La versión más conocida de este animal es la de forma de solo un cadejo, descrito como un extraño perro de color negro y ojos rojos que pareciera tienen fuego. Se cree que cuida a aquellos que se embriagan y deambulan por las noches ayudándoles a encontrar el camino a casa o bien durmiendo cerca de ellos para evitar les roben o dañen.
EL CABALLO DE CORTÉS
En tiempo de la conquista de Guatemala, llegó Hernán Cortés y su ejército al extensísimo territorio de El Peten, salvando un sinfín de obstáculos que les ponía al frente la selva virgen petenera.
Como los naturales de este territorio, se portaron sumisamente ante el jefe del ejército español, estando en las orillas del lago Peten Itzá, lo llevaron a la isla mayor del mismo, que antes fue Tayasal y actualmente se llama Flores; y allí lo recibieron con muchos regalos.
Las mujeres itzaes miraban a Hernán Cortés, como una especie de los dioses, pero siempre con mucho temor.
Hubo una hermosa muchacha llamada Sacnicté (Flor de Mayo), que al verlo se prendó de él, a quien según pensaba había esperado por mucho tiempo.Cortés, al ver la belleza de Sacnicté, acostumbraba salir de paseo por todo el lago con ella, conociendo bellos parajes, sin ningún recelo de su parte, sabiendo que iba acompañado de una real princesa adorada por su pueblo.
Se sucedieron continuamente las salidas, y viendo Cortés, que ya tenía suficiente confianza en Sacnicté, procuró disuadirla para que le enseñara los lugares donde los indios solían llevar todas sus riquezas. Este fue el primer pensamiento que tuvo Cortés, al saber que no pasaba desapercibido a la hermosa princesa.
Pero ella, aun dudando de su cariño, quiso probarlo pidiéndole su cabalgadura como prenda, a lo que Cortés, aunque doliéndose de deshacerse del más hermoso caballo, respondió con el obsequio. Luego Sacnicté lo llevó a un islote de Cocos, que en la misma forma, que la isla de Flores, era como un volcán con su cráter, ya que al llegar a él, tuvieron que subir a la cúspide y luego descender por una especie de escalera, por donde pasaban los itzaes a dejar toda clase de piedras preciosas y oro.
Gran sorpresa se llevó Cortés, al ver el amontonamiento en oro que había en el fondo del islote; y mucho más fue la sorpresa que lo acometió, al ver que al final de la caminata había un gran disco brillante y a la par del mismo, un mazo, que según le explicó Sacnicté, servía para avisar que habían intrusos en sus tesoros, lo que era buena forma de alarma primitiva.
Los indios se enteraron que la princesa había infringido sus leyes, por lo que se pusieron en guardia para contrarrestar las fuerzas españolas en el momento decisivo en que quisieran llevarse lo más preciado que tenían; sin embargo, el jefe español los calmó, dándoles diferentes baratijas de gran valor para los indios, y éstos correspondieron a la confianza, entregándole varios jarros llenos de oro, así como diferentes monolitos tallados del mismo valioso metal.
Como la ambición de Cortés fue mucha, adelantó la cuarta parte de su ejército hacia el sur del territorio, con todos los regalos de los indios, para luego ver la forma de quedarse absolutamente con toda la existencia del oro; y fue de esta manera como los indios se vieron en la necesidad de luchar contra los españoles, sacándolos de su territorio en rápida huida, de la misma forma como una jauría persigue su presa; y hasta que éstos creyeron conveniente dejaron de perseguirlos.
Sacnicté, que se había enamorado de Cortés, lo siguió por toda la selva, montada en su caballo, hasta darle alcance, pero éste la recibió fríamente desposeyéndola de sus prendas de oro y tomándola prisionera como salvación a su derrota, puesto que le serviría como rehén. Pero estando la princesa, encerrada en su prisión, convenció con su belleza al guardia, quien se llamaba Juan Carbunclo, y después de matarlo huyó a gran velocidad hacia su pueblo, donde los indios, creyendo que eran los españoles, la mataron por error con todo y cabalgadura.
Al darse cuenta los indios de esta desgracia, en venganza, envolvieron el cuerpo del caballo en una especie de cemento para que no saliera el espíritu maligno de Cortés y siguiera gozando con exterminar a sus hermanos. Según creían, de esa manera no llegaba a la otra vida. En cambio, el cuerpo de Sacnicté, como era una real princesa, la embalsamaron y la enterraron en el templo principal de su pueblo.
Cuando ya habían terminado con el entierro de su princesa, tomaron el cuerpo del caballo, para trasladarlo por agua, hacia un lugar especial que tenían para los malos espíritus, cerca de San Andrés y el Rancho de la Chingada; mas por mala suerte de los indios, cuando ya se encontraban a pocos metros del lugar, los invadió un fuerte ventarrón, haciéndolos naufragar y con ellos quedó para siempre en la profundidad del lago, el cuerpo del caballo de piedra que Hernán Cortés le regaló a Sacnicté…
Tomado del libro “Cuentos y Leyendas de Guatemala” de Otto Alvarado Pinelo. Colección contemporáneos, No. 91, editorial “José de Pineda Ibarra”, Ministerio de Educación de Guatemala, 1968.
sábado, 30 de mayo de 2015
EL ENCANTO DEL AMATE
Esta historia se la narró don Leandro Medina López al recordado cronista, don Héctor Gaytán Alfaro para su programa “La Calle donde Tú Vives. El relato comienza así:
Para que vea el tiempo que tiene lo que hoy le cuento y los años que han pasado, le digo que fue en tiempos cuando el que no tenía el boleto de vialidad era obligado a romper piedras en los caminos de tierra.
Aquella ya no era vida la que llevábamos en el campo; siempre andábamos de juida, metiéndonos entre los guatales cuando la rural hacía sus rondas pidiendo el mentado papel.
Créame don Héctor, no sé si fue sueño o realidad lo que una tarde me aconteció. Venía bajando por una pequeña vereda con mi machete al cinto, cuando a lo lejos escuché el tropel de las bestias que sin duda alguna me iban a hacer encuentro y lo más fregado del caso es que eran los de la rural que andaban a la pesca de la gente para llevarlos al “cupo”.
Como Dios me dio licencia, me fui agachando entre unos matorrales, hasta quedarme tendido y tapado con una ramazón de cafetal que por providencia divina ahí estaba. Con más miedo que otra cosa esperé que pasaran todos y cuando calculé que todos iban lejos, fui saliendo poco a poco. Por poco caigo muerto del susto. Otro condenado de la rural se había atrasado un poco y la verdad que ya no me dio tiempo de a tirarme al mismo trechito del cafetal y ahí se armó la del diablo. Aquel hombre con cara de toro bejunquero me pidió el boleto de vialidad. Ante aquel caso tan fregado no tuve más que salir huyendo entre el monte sin rumbo fijo.
El corazón me tronaba como tambor de Corpus y las canillas se me doblaban. Sentía muy cerquita el trote de la bestia; los pilazos de la charpa casi me alcanzaban, pero cuando me di cuenta ya lo había dejado como a unos diez metros atrás. El hombre principió a silbar un gorgorito y a disparar al aire, sin duda para que sus compañeros se dieran cuenta y regresaran . Yo seguí corriendo y bajando a la Corte Celestial, clamando con todos los Santos. No sé ni cómo, pero un bejuco se me enredó en el pie haciéndome trastrabillar y caer de boca al pie de un gran amate.
No sé cuánto tiempo pasé ahí botado; lo que sí me acuerdo es que estaba metido como en una cuevita cercana al amate y como decimos allá en la aldea, “la duda me picó la cresta”, porque en el final de la cuevita, es decir, al tope, vi una pequeña luz que se apagaba y encendía, se apaga y se encendía, como ver los anuncios de colores de aquí de la Capital.
Me quedé quieto y esperando oír algo allá afuera, pero sólo el ruido de las hojas que el aire arrastraba se dejaba escuchar. Con mi machete en la mano, me fui acercando a la lucita del fondo…
Aquel día estaba de mala suerte, porque otra vuelta me caigo cuando llegaba donde estaba la lucita; me fui de rodada y cuando quise ver la mentada lucita ésta ya no estaba en su lugar. Había una ventanita que daba a un terreno trasero de la cuevita, cuando me di cuenta ya estaba afuera, salí como pude de aquel lugar.
Lo de afuera no era lo que yo conocía y por donde yo pasaba todos los días; era completamente distinto el lugar a donde había ido a parar. Caminé y caminé sin saber a dónde iba, como un sonámbulo; había caminos de herradura, pequeñas veredas y un calor de todos los diablos. Calculé que ya eran las doce porque mi estómago hacía más ruido que político en campaña, pero aquel ambiente caluroso y solitario no me daba ni siquiera chance a pensar en comer algo. Seguí caminando y caminando por aquellos caminos raros y desconocidos; para no cansarlo, me agarró la noche y la vista se me alegró cuando en una lomita divisé un rancho; un grupo de chuchos bravos me fueron a hacer encuentro y el dueño estuvo listo para que no me mordieran.
El buen hombre me dio de comer y donde dormir. Me levanté y seguí mi camino. Le digo sinceramente que no tuve el valor de preguntarle en qué lugar estaba. Cuando ya había caminado un buen trecho, encontré a unos patojos que creo venían de la escuela.
-Buenas tardes señor. -Mejor las tengan ustedes patojos. ¿A dónde van?
-Venimos dirá usted, porque hace un tantito salimos de la escuela y vamos a almorzar.
Me registré la bolsa del pantalón y solamente dos quetzales tenía en billetes de los grandes. En esas estaba cuando a lo lejos escuché un pito de tren que me hizo dar una carrerita por un pequeño extravío de platanares; corrí como un desesperado, y allí fue parando el tren poco a poco. El susto no me pasaba; uno de los brequeros me dijo que estaba en Izabal. ¿Pero cómo era posible que yo estuviera tan lejos? Un frío como de paludismo me sacudió el cuerpo, sonó el pito y el tren comenzó a caminar muy despacio; a los pocos momentos ya el tren iba como alma que se lleva el diablo rumbo a la Capital.
Cuando llegué a Escuintla, mi familia estaba muy apenada por no saber de mi paradero en tantos días, en muchos días.
¿Muchos días?, pero si solamente fueron dos días los que yo falté a la casa, cuando me sucedió, pero la verdad es que fueron quince largos días los que yo me había perdido.
A nadie quise contradecir y siempre así quedó el asunto tan extraño. Algunas gentes de la aldea me dijeron que en esa cuevita famosa habían sucedido muchos “encantos” y que yo había tenido suerte de no quedarme ahí para siempre.
Nadie lo creerá , pero es la pura verdad.
Tomado del libro “La calle tú vives” Tomo 2, segunda edición de Héctor Gaytán Alfaro. ISBN: 84-89452-19-9
LA SIGUANABA Y EL RECLUTA
El muro tatuado por el viento, entre el cielo y la tierra, semejaba cúpula de iglesia. A cada instante, pedazos de este muro rodaban igual que ruedas desprendidas de su eje, para unirse a los ejes de otros vientos, que los suspendían y hamaqueaban en lentos descensos. Entonces, tomado por las corrientes inferiores de aire se iban en dirección sur oeste, formando ensartas de bordes plateados deslizándose por el encopado grumoso y susurrante. Era en las horas del silencio que precede al ajetreo de una fiesta. Cuando el músculo cansado yace en el tapesco, que está metido entre las pestañas del rancho que escurre lagrimones de rocío. Ranchos pajizos como guacales embrocados en el fondo de la noche, tapando inquietudes. Y es que esa noche había sido la última de las celebraciones del patrono, en el pueblo de San Miguel Tucurú, enclavado en el ombligo de la serranía. Por eso era que recibía el sobiqueo de las corrientes de aire frío del norte y las cálidas del sur. En el centro, la Iglesia luciendo de blanco con sus aretes de campánula, estaba como una novia cortejada de cosas de feria… de pueblo.
Chinamas con altavoces gangueando la ronronera de loterías, o melodías en marimba y rockolas, cuyos ritmos encogían y estiraban a la gente. De entre los manteados inflados como globos, desde el atrio hasta el parque, salía con el humillo el tufo de comidas y de licores. De pronto, la Iglesia, como despertándose del letargo místico de los siglos y con el buche iluminado lleno de gente, sacudió la cabeza y entonces el sonido de las campanas fue seguido por el seco estallido de cohetes y morteros.
La gente que se movía al rededor de las chinamas y manteados, se envaró un instante, luego enardecida comenzó a gritar: -!Viii…vaaa…queee viii vaaa San Miguel Tucurúuuuuuu…! ¡uuu!… Jaja yooo…! Así moviéndose… moviéndose… todos juntos en la noche con los dientes fosforescentes y los ojos mojados de guaro, blanqueando al cielo quejumbroso y hediendo a cohete, se fueron acercando al atrio, formando una valla pegajosa como de caca de lucero para que el santo embustero, cara de cedro o de caoba, en hombros de cofrades, pasara anunciándoles la terminación de la feria. Al rato, la algarabía se fue apagando. Al Patrono San Miguel, en el cento de la Iglesia le quedaron brillando los ojos como asustados frente a charcos de llamitas que meaban cera. En el atrio, los cofrades, quemadores de cohetes se habían quedado como candelas recalentadas.
Y en una de las orejas de la Iglesia blanca… blanca como noviecita de pueblo, el sacristán exhausto, lengua de fuera, yacía abrazado al bronce de su fiel campana. Y ahora en el silencio de las cosas dormidas… cuando la oscurana a causa de la luna, las nubes y el aire es piel barcina tendida a secar, de punta a punta de los cerros. Es que comienza el mero cuento de nuestro cuento.
Sergio Gallardo del destacamento de las milicias acantonadas en San Miguel durante la feria, estaba de guardia esa noche. Cuando llegó a recibir turno, el otro le había dicho: “Ve vos Gallardo, oíme bien… aquí te estás. Cada media hora hacés ronda, comenzas vigilando la calle de arriba hasta onde topa el paredón, cerca del puente de la quebrada seca. Después te vas por el sanjón hasta la puerta del cementerio que se divisa allá lejitos. Diay, onde se hospeda el Capitán y terminando de contar veinte, te venís de güelta. No te olvidés vos, cualquier cosa que se mueva, como no podés decir “quien vivo”, terciás el arma, que es el santo y seña. ¡Si no te responden, echás punta!…”.
Después de cada ronda, Gallardo se aculaba al marco de la puerta, se entretenía moviendo los dedos dentro de los zapatos y viendo al desprendimiento de nubes que pasaban cepillando el lomo de la arboleda quejumbrosa, que rodeaba el cementerio, los cuales se balanceaban como si tomados de las ramas cantaran jugando, la tonada de la ranita: “Vamos a la vuelta del toro, toronjil, a ver a la rana comiendo perejil”. ¡Cómo le gustaba recordar aquellas cosas que había aprendido de patojo! Recordando, era cuando más hablaba consigo mismo. Siempre se hablaba y contestaba él mismo. Era mejor así. No entendía porqué los demás no eran como él. ¿Porqué estos babosos no son como yo? Se había preguntado más de una vez. -¡No hay como agrandar la pupila y hablarse uno mismo!. Así calladito, tranquilo. Sentir que uno es… uno mismo, aquí corazón adentro. Como la raíz del monte en el corazón de la tierra. Como las estrellas en el corazón del cielo.
Se recordaba que el último cohete lo asustó, cuando orinaba cerca del puente. Despúes, todo quedó en silencio. Silencio pegajoso de cosas que se embarcan borrachas en la llave del tiempo. Otra ronda más y vuelve al hueco de la puerta. La luna por momentos desaparecía entre las nubes. Al rato Gallardo olló un ruido como si se hubiesen descolgado del paredón, cayendo a medio puente. No se veía nada, solo el zumbido del viento, el suspiro de los grillos en el zanjón y el ladrar cancino de un perro a la distancia. Cuando comenzó a caminar pegado a la pared, una extraña emoción se le estaba enroscando en la cueva del carapacho. La boca la tenía un poco seca y las manos le sudaban tanto que apenas sostenía el eme-uno.
De pronto, la luna alumbró. Sergio Gallardo vió una sombra blanca moviéndose despacio a medio puente. Terció el arma del santo y seña convenido y esperó un rato… Nada. Entonces se llevó el fusil al rostro. Un ojo abierto en la mirilla como de buey, otro apachado, fruncido como remiendo de indio y temblándole la ceja torcida, haló el gatillo y … tac. Nervioso, siguió halando y el percutor: Tac… tac… tac…
Parpadeando confuso, comenzó a bajar el arma. Se quitó el casco y se rascó la greña. Entonces vio bien a la mujer… Le vio su vestido blanco de tela fina que el viento pegaba a sus formas incitantes, ardorosas y que distendiéndolo, lo dejaba como velo rosa ribeteado con luz de luna. A escazas dos varas del recluta, se detuvo aquella mujer, como obsequiándole la visión exquisita de sus formas. Porque el viento desnudándola, la dejaba como mariposa con alas levantadas y un juego de tibias entreluces en sus formas. Y cuando la luna se ocultaba, se quedaba temblando con ansias de volar, como si sus alas se hubiesen quedado prendidas en el barro de la oscurana.
El recluta Sergio Gallardo ya no sudaba frío, ya no sentía reseca la boca. Si ni siquiera escuchaba el eco del corazón rodando… rodando, cuando decidió irse tras de ella. Pero por más que hacía, no podía aproximarsele, pues los zapatos se le enredaban en el velo del vestido. Cuando era mucha la distancia que los separaba, la mujer se detenía a esperarlo.
¿Qué tiempo la siguió? ¿Por dónde anduvieron? Gallardo no podrá recordarlo nunca. Solo recuerda los trechos de alumbra y penumbra de la luna y aquel aroma exquisito. Por fin, gateando como monstruo que lame sobre el polvo su propia sombra, logró acercársele. Los chubascos de la emoción le hacían zumbar los oídos y tirabuzonadas de fuego se le metían en la garganta estallándole en los poros. Por cualquier lado agarraba el eme-uno quebrándose las uñas, cuando se fue incorporando con el vestido de la mujer, rozándole suave el rostro. Entonces fue cuando escuchó la pavorosa carcajada a sus espaldas, que le hizo estrellarse en los barrotes del portón del cementerio. La carcajada siguió sobre su cabeza y por todos lados como si fuese el viento, que levantando la tapa de los sepulcros trajera en carcajadas la cólera pútrida de los espectros y así, trabado de la cabeza vio el grupo de esqueletos brillando como luciérnagas. Mientras unos bailaban formando círculos, cantando entre horribles carcajadas la tonada de la ranita: “Demos una vueeelta los huesos ya sin piel, a ver si el recluta nos quiere acompañar”. Otros, lo halaban queriéndolo meter por los barrotes.
Horas más tarde, Sergio Gallardo, en la enfermería, temblando emitía roncos gemidos. Después abrió la boca y su lengua hundida dio unas vueltas como sapo que se traga una mosca. Lentamente abrió un ojo, después el otro, volviendo a cerrar los dos. -¡Como que ya vuelve muchá…, como que ya…! ¡Bueno vos Chejo, que te pasoooo…! ¡Qué te pasooo… hombre! Uno de los hombres que rodeaban la cama, era el Capitán del destacamento que finalmente dijo: -¡Qué raro…! Jamás nos vamos a explicar qué hacía este pobre mudo trabado en los barrotes de la puerta del cementerio. Es fue su encuentro con la Siguanaba.
Escrito por: Oscar Ovalle Samayoa. Tomado del libro Recopilatorio de cuentos guatemaltecos de Luis Antonio Díaz Vasconcelos. Publicado el 22 de marzo de 1984, por el Centro Nacional de Libros de Texto y Material Didáctico “José de Pineda Ibarra”. CENALTEX, del Ministerio de Educación de Guatemala.
lunes, 18 de mayo de 2015
LA DAMA DE NEGRO
El
sol resplandeciente de un 12 de agosto de 1929 anunciaba la Feria de Agosto que
anualmente se llevaba a cabo desde el Parque Morazán hasta el Hipódromo del
norte. Chicos, grandes y ancianos se alistaban para estrenar ropa esos días
como era costumbre por aquellos tiempos.
El
peregrinaje de miles de curiosos hacia la feria era algo asombroso. Las
zarabandas y los salones de condición social, constituían a la vez un sello de
alegría. Chinamas por todos lados ofrecían a los visitantes sus más sabrosas
viandas, como los bien condimentados “chiles rellenos”, el “picado de rábano
con buche”, el “pepián” y el famoso “revolcado de cabeza” que a más de alguno
habrá dejado con fuertes retortijones.
Pues
bien, Valentín, un caballero muy enamorado y que siempre vestía impecablemente,
no faltaba a esas festividades en busca de alguna que otra aventura de amor,
como el amor que quiso conquistar en esa última fecha que le tocó vivir.
Se
acicaló convenientemente y luego de persignarse por aquello de las malas
tentaciones, marchó rumbo al Hipódromo y, tras visitar algunos juegos de azar
propios de la época, tales como ruletas, polacas, chingolingo, etc, detuvo sus
pasos frente a una zarabanda en donde la gente sencilla y sirvientas de casas
grandes con sus faldas de mengala hasta los tobillos, luciendo en la cabeza
tocados de vistosos colores, bailaban al ritmo de una melodía de moda o al
compás de un son chapín.
Momentos
después, Valentín se dirigió directamente al salón denominado: “Las Delicias de
la Feria”, donde se daba cita la alta sociedad guatemalteca, acompañado
únicamente de sus pensamientos, dispuesto a darle rienda suelta a su inquieto
corazón.
Valentín,
se hizo paso frente a la muchedumbre de curiosos que abarrotaban la entrada
principal de aquel salón. Dirigió la vista hacia todos los ángulos y por último
se apostó en un lugar estratégico, desde donde ordenó le sirvieran una copa de coñac.
De pronto
sus ojos se posaron en una mesita situada en un rincón, donde lucía si silueta
unan dama elegantemente vestida de negro, pendiendo de su precioso abrigo de
terciopelo una hermosa y olorosa rosa negra.
Valentín,
ni lerdo ni perezoso se dirigió a la bella dama, y al presentarse ante ella
como su admirador, la invitó a tomar algún licor que fuera de su predilección
para luego entregarse a la danza.
La dama
enlutada, que desde un principio se mostraba poco comunicativa, aceptó
gustosamente la primera, la segunda y la tercera copa. Pero Valentín se
extrañaba que, no bien él se había llevado la copa a los labios, cuando la de
la dama quedaba totalmente vacía. Más, no dándole mayor importancia a lo que le
pareció algo común, la invitó a bailar.
— ¿Qué
melodía gusta usted que bailemos? — dijo Valentín a su inesperada
compañera. —Un Vals romántico— respondió la encantadora mujer, de cuyo
cuerpo manaba un olor agradable producido por la rara rosa que lucí en su
aterciopelado abrigo.
Pero, al
dar la primera vuela al salón al compás de tan bella melodía como lo es “La
Flor del Café”, Valentín sintió como que si no llevaba compañera. Algo así como
que ella danzaba en el aire y, cuando le hablaba, ésta apenas le respondía con
palabras entrecortadas e inclinaba la cabeza sobre el hombro izquierdo de su
pretendiente, que insistía entusiasmado diciéndole al oído: —”Presiento que
usted va a ser la reina del hogar, la clave de mis penas, la serenata de mis
dudas”…—Sí! —respondió la extraña compañera, sin mostrarle la cara.
Finalizaba
el vals y Valentín, que sentía que bailaba con alguien que se desprendía del
suelo, al escuchar las últimas palabras de la guapa joven, experimentó una rara
sensación. Un cosquilleo que le corría por toda la espalda que no dejó de
preocuparle.
Intrigado
por aquel fenómeno, invitó a la dama a danzar la última pieza, porque ella se
disponía abandonar el salón por lo entrado de la noche. Pero, igual que las
anteriores ocasiones, notaba como que no llevaba compañera y que la damisela
que le esquivaba la faz, bailaba en el espacio y el cosquilleo le seguía
corriendo más y más por toda la columna vertebral.
Abandonaron
por fin el salón. El galán enamorado ofreció acompañar a la extraña paloma
hasta su residencia distante algunas cuadras de la feria. Caminaron hasta parar
frente a un chalet que Valentín identificó con el número 77 de la avenida del
Hipódromo.
—Aquí por
favor —dijo la bella silueta a su acompañante. —Hasta
mañana —Contestó Valentín a su improvisado amor de quien vagamente pudo
advertir la misma silueta encantadora.
Pero, ¿por
qué no le había dado la cara en toda noche y persistía en mantener secretamente
su nombre? Esta incertidumbre trastornaba más a Valentín; y así, en medio de
tremendas cavilaciones se marchó a su domicilio. Se acostó sin poder conciliar
el sueño durante el resto de la noche, pues aquella extraña mujer, la danzarina
del espacio, le había robado todo, la paciencia, la tranquilidad, el alma
entera.
La
siguiente noche, no obstante haber convenido en juntarse, la dama no se hizo
presente. Esto intrigó más al pobre Valentín que ya estaba más ilusionado que
nunca. Fue hasta la tercera noche que volvió a juntarse con ella en el mismo
punto, donde se repitieron las mismas escenas. La misteriosa dama llegó vestida
de la misma manera y bebía las copas del espirituoso néctar como por arte de
magia y, que ya a Valentín se le adentraba más y más en su alterado corazón.
Y así las
cosas hasta el último domingo de aquellas festividades, cuando Valentín, más
dispuesto que nunca, dispuso jugarse el todo por el todo. Llegó al ya conocido
salón decidido a vencer o a morir. En el mismo rinconcito aquel, saturado de
idílicos y extraños momentos, la enigmática gacela lo esperaba. Libaron algunas
copas luego de bailar las melodías preferidas por la que creía la dueña de sus
pensamientos, que seguía esquivándole el rostro a su atrevido enamorado, que
insistía en sus requisitorias amorosas y, quien desde la primera vez que se
encontraron el cosquilleo y las ideas atropellaban su cerebro y un cúmulo de
dudas despertaban como surgidas de un largo sueño sin principio ni fin.
Al
abandonar aquel salón, Valentín aparentemente satisfecho, ofreció nuevamente
acompañar a la supuesta novia, quien ya frente al chalet de su residencia lo
hizo entrar en su alcoba después de haber pasado por un jardín que saturaba de
insólitos olores.
La
esbelta figura, luego de despojarse de su precioso abrigo, se tendió a lo largo
de la cama. Valentín se acomodó junto a ella, y al insistir en verla a través
de la mortecina luz de una lamparilla, ésta le decía: —No insista en verme
porque soy muy fea y pude decepcionarse…—Mientras las escenas se repetían,
Valentín descubrió un rostro encantador que lo puso más loco aún. Al instante y
en un arrebato erótico, quiso darle un beso, pero la hermosa mujer eludiendo
aquel intento le repitió: —No insista en verme ni en besarme porque soy
muy fea, muy fea…
Frente a
la cama estaba empotrado un enorme y antiguo espejo que proyectaba la sutil
figura de la joven amada, en el cual y en un inesperado instante, Valentín vio
reflejada una calavera de enormes cuencas. Pensando éste que se trataba quizá
de una visión a consecuencia de prolongados desvelos, se estregó los ojos para
persuadirse mejor y, al momento de ver el bello rostro de la dama, volvió la
vista hacia el fatídico espejo y la fúnebre calavera apareció de nuevo.
Incontinenti,
Valentín experimentó que algo anómalo se estaba apoderando de su persona. Con
el cerebro totalmente conturbado, tambaleante salió de aquel recinto y al
llegar a la puerta del jardín, aún pudo escuchar una sonora, burlona y
prolongada carcajada que fue a perderse en la oscuridad de la noche.
El
atrevido seductor a puras penas logró alcanzar la calle, rodando por el suelo
víctima de terrible fiebre. A las primeras horas del día siguiente, Valentín
fue encontrado moribundo en el interior de una derruida covacha de la Avenida
del Hipódromo No. 77, cuyo predio estaba totalmente enmontado, teniendo como puerta
de entrada dos viejas y apolilladas tablas puestas en cruz, luciendo una rosa
negra ya marchita que esparcía la fragancia de su delicado aroma, y que la dama
incógnita le colocara misteriosamente la última noche en el ojal del saco, como
una prueba de su macabro amor.
Cuento
Original de Valentín Dávila Barrios, adaptado por Rubén Ramírez Corzo.
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