lunes, 18 de mayo de 2015

LA DAMA DE NEGRO

El sol resplandeciente de un 12 de agosto de 1929 anunciaba la Feria de Agosto que anualmente se llevaba a cabo desde el Parque Morazán hasta el Hipódromo del norte. Chicos, grandes y ancianos se alistaban para estrenar ropa esos días como era costumbre por aquellos tiempos.
El peregrinaje de miles de curiosos hacia la feria era algo asombroso. Las zarabandas y los salones de condición social, constituían a la vez un sello de alegría. Chinamas por todos lados ofrecían a los visitantes sus más sabrosas viandas, como los bien condimentados “chiles rellenos”, el “picado de rábano con buche”, el “pepián” y el famoso “revolcado de cabeza” que a más de alguno habrá dejado con fuertes retortijones.
Pues bien, Valentín, un caballero muy enamorado y que siempre vestía impecablemente, no faltaba a esas festividades en busca de alguna que otra aventura de amor, como el amor que quiso conquistar en esa última fecha que le tocó vivir.
Se acicaló convenientemente y luego de persignarse por aquello de las malas tentaciones, marchó rumbo al Hipódromo y, tras visitar algunos juegos de azar propios de la época, tales como ruletas, polacas, chingolingo, etc, detuvo sus pasos frente a una zarabanda en donde la gente sencilla y sirvientas de casas grandes con sus faldas de mengala hasta los tobillos, luciendo en la cabeza tocados de vistosos colores, bailaban al ritmo de una melodía de moda o al compás de un son chapín.
Momentos después, Valentín se dirigió directamente al salón denominado: “Las Delicias de la Feria”, donde se daba cita la alta sociedad guatemalteca, acompañado únicamente de sus pensamientos, dispuesto a darle rienda suelta a su inquieto corazón.
Valentín, se hizo paso frente a la muchedumbre de curiosos que abarrotaban la entrada principal de aquel salón. Dirigió la vista hacia todos los ángulos y por último se apostó en un lugar estratégico, desde donde ordenó le sirvieran una copa de coñac.
De pronto sus ojos se posaron en una mesita situada en un rincón, donde lucía si silueta unan dama elegantemente vestida de negro, pendiendo de su precioso abrigo de terciopelo una hermosa y olorosa rosa negra.
Valentín, ni lerdo ni perezoso se dirigió a la bella dama, y al presentarse ante ella como su admirador, la invitó a tomar algún licor que fuera de su predilección para luego entregarse a la danza.
La dama enlutada, que desde un principio se mostraba poco comunicativa, aceptó gustosamente la primera, la segunda y la tercera copa. Pero Valentín se extrañaba que, no bien él se había llevado la copa a los labios, cuando la de la dama quedaba totalmente vacía. Más, no dándole mayor importancia a lo que le pareció algo común, la invitó a bailar.
— ¿Qué melodía gusta usted que bailemos? — dijo Valentín a su inesperada compañera. —Un Vals romántico— respondió la encantadora mujer, de cuyo cuerpo manaba un olor agradable producido por la rara rosa que lucí en su aterciopelado abrigo.
Pero, al dar la primera vuela al salón al compás de tan bella melodía como lo es “La Flor del Café”, Valentín sintió como que si no llevaba compañera. Algo así como que ella danzaba en el aire y, cuando le hablaba, ésta apenas le respondía con palabras entrecortadas e inclinaba la cabeza sobre el hombro izquierdo de su pretendiente, que insistía entusiasmado diciéndole al oído: —”Presiento que usted va a ser la reina del hogar, la clave de mis penas, la serenata de mis dudas”…—Sí! —respondió la extraña compañera, sin mostrarle la cara.
Finalizaba el vals y Valentín, que sentía que bailaba con alguien que se desprendía del suelo, al escuchar las últimas palabras de la guapa joven, experimentó una rara sensación. Un cosquilleo que le corría por toda la espalda que no dejó de preocuparle.
Intrigado por aquel fenómeno, invitó a la dama a danzar la última pieza, porque ella se disponía abandonar el salón por lo entrado de la noche. Pero, igual que las anteriores ocasiones, notaba como que no llevaba compañera y que la damisela que le esquivaba la faz, bailaba en el espacio y el cosquilleo le seguía corriendo más y más por toda la columna vertebral.
Abandonaron por fin el salón. El galán enamorado ofreció acompañar a la extraña paloma hasta su residencia distante algunas cuadras de la feria. Caminaron hasta parar frente a un chalet que Valentín identificó con el número 77 de la avenida del Hipódromo.
—Aquí por favor —dijo la bella silueta a su acompañante. —Hasta mañana —Contestó Valentín a su improvisado amor de quien vagamente pudo advertir la misma silueta encantadora.
Pero, ¿por qué no le había dado la cara en toda noche y persistía en mantener secretamente su nombre? Esta incertidumbre trastornaba más a Valentín; y así, en medio de tremendas cavilaciones se marchó a su domicilio. Se acostó sin poder conciliar el sueño durante el resto de la noche, pues aquella extraña mujer, la danzarina del espacio, le había robado todo, la paciencia, la tranquilidad, el alma entera.
La siguiente noche, no obstante haber convenido en juntarse, la dama no se hizo presente. Esto intrigó más al pobre Valentín que ya estaba más ilusionado que nunca. Fue hasta la tercera noche que volvió a juntarse con ella en el mismo punto, donde se repitieron las mismas escenas. La misteriosa dama llegó vestida de la misma manera y bebía las copas del espirituoso néctar como por arte de magia y, que ya a Valentín se le adentraba más y más en su alterado corazón.
Y así las cosas hasta el último domingo de aquellas festividades, cuando Valentín, más dispuesto que nunca, dispuso jugarse el todo por el todo. Llegó al ya conocido salón decidido a vencer o a morir. En el mismo rinconcito aquel, saturado de idílicos y extraños momentos, la enigmática gacela lo esperaba. Libaron algunas copas luego de bailar las melodías preferidas por la que creía la dueña de sus pensamientos, que seguía esquivándole el rostro a su atrevido enamorado, que insistía en sus requisitorias amorosas y, quien desde la primera vez que se encontraron el cosquilleo y las ideas atropellaban su cerebro y un cúmulo de dudas despertaban como surgidas de un largo sueño sin principio ni fin.
Al abandonar aquel salón, Valentín aparentemente satisfecho, ofreció nuevamente acompañar a la supuesta novia, quien ya frente al chalet de su residencia lo hizo entrar en su alcoba después de haber pasado por un jardín que saturaba de insólitos olores.
La esbelta figura, luego de despojarse de su precioso abrigo, se tendió a lo largo de la cama. Valentín se acomodó junto a ella, y al insistir en verla a través de la mortecina luz de una lamparilla, ésta le decía: —No insista en verme porque soy muy fea y pude decepcionarse…—Mientras las escenas se repetían, Valentín descubrió un rostro encantador que lo puso más loco aún. Al instante y en un arrebato erótico, quiso darle un beso, pero la hermosa mujer eludiendo aquel intento le repitió: —No insista en verme ni en besarme porque soy muy fea, muy fea…
Frente a la cama estaba empotrado un enorme y antiguo espejo que proyectaba la sutil figura de la joven amada, en el cual y en un inesperado instante, Valentín vio reflejada una calavera de enormes cuencas. Pensando éste que se trataba quizá de una visión a consecuencia de prolongados desvelos, se estregó los ojos para persuadirse mejor y, al momento de ver el bello rostro de la dama, volvió la vista hacia el fatídico espejo y la fúnebre calavera apareció de nuevo.
Incontinenti, Valentín experimentó que algo anómalo se estaba apoderando de su persona. Con el cerebro totalmente conturbado, tambaleante salió de aquel recinto y al llegar a la puerta del jardín, aún pudo escuchar una sonora, burlona y prolongada carcajada que fue a perderse en la oscuridad de la noche.
El atrevido seductor a puras penas logró alcanzar la calle, rodando por el suelo víctima de terrible fiebre. A las primeras horas del día siguiente, Valentín fue encontrado moribundo en el interior de una derruida covacha de la Avenida del Hipódromo No. 77, cuyo predio estaba totalmente enmontado, teniendo como puerta de entrada dos viejas y apolilladas tablas puestas en cruz, luciendo una rosa negra ya marchita que esparcía la fragancia de su delicado aroma, y que la dama incógnita le colocara misteriosamente la última noche en el ojal del saco, como una prueba de su macabro amor.
Cuento Original de Valentín Dávila Barrios, adaptado por Rubén Ramírez Corzo. 

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