El
sol resplandeciente de un 12 de agosto de 1929 anunciaba la Feria de Agosto que
anualmente se llevaba a cabo desde el Parque Morazán hasta el Hipódromo del
norte. Chicos, grandes y ancianos se alistaban para estrenar ropa esos días
como era costumbre por aquellos tiempos.
El
peregrinaje de miles de curiosos hacia la feria era algo asombroso. Las
zarabandas y los salones de condición social, constituían a la vez un sello de
alegría. Chinamas por todos lados ofrecían a los visitantes sus más sabrosas
viandas, como los bien condimentados “chiles rellenos”, el “picado de rábano
con buche”, el “pepián” y el famoso “revolcado de cabeza” que a más de alguno
habrá dejado con fuertes retortijones.
Pues
bien, Valentín, un caballero muy enamorado y que siempre vestía impecablemente,
no faltaba a esas festividades en busca de alguna que otra aventura de amor,
como el amor que quiso conquistar en esa última fecha que le tocó vivir.
Se
acicaló convenientemente y luego de persignarse por aquello de las malas
tentaciones, marchó rumbo al Hipódromo y, tras visitar algunos juegos de azar
propios de la época, tales como ruletas, polacas, chingolingo, etc, detuvo sus
pasos frente a una zarabanda en donde la gente sencilla y sirvientas de casas
grandes con sus faldas de mengala hasta los tobillos, luciendo en la cabeza
tocados de vistosos colores, bailaban al ritmo de una melodía de moda o al
compás de un son chapín.
Momentos
después, Valentín se dirigió directamente al salón denominado: “Las Delicias de
la Feria”, donde se daba cita la alta sociedad guatemalteca, acompañado
únicamente de sus pensamientos, dispuesto a darle rienda suelta a su inquieto
corazón.
Valentín,
se hizo paso frente a la muchedumbre de curiosos que abarrotaban la entrada
principal de aquel salón. Dirigió la vista hacia todos los ángulos y por último
se apostó en un lugar estratégico, desde donde ordenó le sirvieran una copa de coñac.
De pronto
sus ojos se posaron en una mesita situada en un rincón, donde lucía si silueta
unan dama elegantemente vestida de negro, pendiendo de su precioso abrigo de
terciopelo una hermosa y olorosa rosa negra.
Valentín,
ni lerdo ni perezoso se dirigió a la bella dama, y al presentarse ante ella
como su admirador, la invitó a tomar algún licor que fuera de su predilección
para luego entregarse a la danza.
La dama
enlutada, que desde un principio se mostraba poco comunicativa, aceptó
gustosamente la primera, la segunda y la tercera copa. Pero Valentín se
extrañaba que, no bien él se había llevado la copa a los labios, cuando la de
la dama quedaba totalmente vacía. Más, no dándole mayor importancia a lo que le
pareció algo común, la invitó a bailar.
— ¿Qué
melodía gusta usted que bailemos? — dijo Valentín a su inesperada
compañera. —Un Vals romántico— respondió la encantadora mujer, de cuyo
cuerpo manaba un olor agradable producido por la rara rosa que lucí en su
aterciopelado abrigo.
Pero, al
dar la primera vuela al salón al compás de tan bella melodía como lo es “La
Flor del Café”, Valentín sintió como que si no llevaba compañera. Algo así como
que ella danzaba en el aire y, cuando le hablaba, ésta apenas le respondía con
palabras entrecortadas e inclinaba la cabeza sobre el hombro izquierdo de su
pretendiente, que insistía entusiasmado diciéndole al oído: —”Presiento que
usted va a ser la reina del hogar, la clave de mis penas, la serenata de mis
dudas”…—Sí! —respondió la extraña compañera, sin mostrarle la cara.
Finalizaba
el vals y Valentín, que sentía que bailaba con alguien que se desprendía del
suelo, al escuchar las últimas palabras de la guapa joven, experimentó una rara
sensación. Un cosquilleo que le corría por toda la espalda que no dejó de
preocuparle.
Intrigado
por aquel fenómeno, invitó a la dama a danzar la última pieza, porque ella se
disponía abandonar el salón por lo entrado de la noche. Pero, igual que las
anteriores ocasiones, notaba como que no llevaba compañera y que la damisela
que le esquivaba la faz, bailaba en el espacio y el cosquilleo le seguía
corriendo más y más por toda la columna vertebral.
Abandonaron
por fin el salón. El galán enamorado ofreció acompañar a la extraña paloma
hasta su residencia distante algunas cuadras de la feria. Caminaron hasta parar
frente a un chalet que Valentín identificó con el número 77 de la avenida del
Hipódromo.
—Aquí por
favor —dijo la bella silueta a su acompañante. —Hasta
mañana —Contestó Valentín a su improvisado amor de quien vagamente pudo
advertir la misma silueta encantadora.
Pero, ¿por
qué no le había dado la cara en toda noche y persistía en mantener secretamente
su nombre? Esta incertidumbre trastornaba más a Valentín; y así, en medio de
tremendas cavilaciones se marchó a su domicilio. Se acostó sin poder conciliar
el sueño durante el resto de la noche, pues aquella extraña mujer, la danzarina
del espacio, le había robado todo, la paciencia, la tranquilidad, el alma
entera.
La
siguiente noche, no obstante haber convenido en juntarse, la dama no se hizo
presente. Esto intrigó más al pobre Valentín que ya estaba más ilusionado que
nunca. Fue hasta la tercera noche que volvió a juntarse con ella en el mismo
punto, donde se repitieron las mismas escenas. La misteriosa dama llegó vestida
de la misma manera y bebía las copas del espirituoso néctar como por arte de
magia y, que ya a Valentín se le adentraba más y más en su alterado corazón.
Y así las
cosas hasta el último domingo de aquellas festividades, cuando Valentín, más
dispuesto que nunca, dispuso jugarse el todo por el todo. Llegó al ya conocido
salón decidido a vencer o a morir. En el mismo rinconcito aquel, saturado de
idílicos y extraños momentos, la enigmática gacela lo esperaba. Libaron algunas
copas luego de bailar las melodías preferidas por la que creía la dueña de sus
pensamientos, que seguía esquivándole el rostro a su atrevido enamorado, que
insistía en sus requisitorias amorosas y, quien desde la primera vez que se
encontraron el cosquilleo y las ideas atropellaban su cerebro y un cúmulo de
dudas despertaban como surgidas de un largo sueño sin principio ni fin.
Al
abandonar aquel salón, Valentín aparentemente satisfecho, ofreció nuevamente
acompañar a la supuesta novia, quien ya frente al chalet de su residencia lo
hizo entrar en su alcoba después de haber pasado por un jardín que saturaba de
insólitos olores.
La
esbelta figura, luego de despojarse de su precioso abrigo, se tendió a lo largo
de la cama. Valentín se acomodó junto a ella, y al insistir en verla a través
de la mortecina luz de una lamparilla, ésta le decía: —No insista en verme
porque soy muy fea y pude decepcionarse…—Mientras las escenas se repetían,
Valentín descubrió un rostro encantador que lo puso más loco aún. Al instante y
en un arrebato erótico, quiso darle un beso, pero la hermosa mujer eludiendo
aquel intento le repitió: —No insista en verme ni en besarme porque soy
muy fea, muy fea…
Frente a
la cama estaba empotrado un enorme y antiguo espejo que proyectaba la sutil
figura de la joven amada, en el cual y en un inesperado instante, Valentín vio
reflejada una calavera de enormes cuencas. Pensando éste que se trataba quizá
de una visión a consecuencia de prolongados desvelos, se estregó los ojos para
persuadirse mejor y, al momento de ver el bello rostro de la dama, volvió la
vista hacia el fatídico espejo y la fúnebre calavera apareció de nuevo.
Incontinenti,
Valentín experimentó que algo anómalo se estaba apoderando de su persona. Con
el cerebro totalmente conturbado, tambaleante salió de aquel recinto y al
llegar a la puerta del jardín, aún pudo escuchar una sonora, burlona y
prolongada carcajada que fue a perderse en la oscuridad de la noche.
El
atrevido seductor a puras penas logró alcanzar la calle, rodando por el suelo
víctima de terrible fiebre. A las primeras horas del día siguiente, Valentín
fue encontrado moribundo en el interior de una derruida covacha de la Avenida
del Hipódromo No. 77, cuyo predio estaba totalmente enmontado, teniendo como puerta
de entrada dos viejas y apolilladas tablas puestas en cruz, luciendo una rosa
negra ya marchita que esparcía la fragancia de su delicado aroma, y que la dama
incógnita le colocara misteriosamente la última noche en el ojal del saco, como
una prueba de su macabro amor.
Cuento
Original de Valentín Dávila Barrios, adaptado por Rubén Ramírez Corzo.
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