El muro tatuado por el viento, entre el cielo y la tierra, semejaba cúpula de iglesia. A cada instante, pedazos de este muro rodaban igual que ruedas desprendidas de su eje, para unirse a los ejes de otros vientos, que los suspendían y hamaqueaban en lentos descensos. Entonces, tomado por las corrientes inferiores de aire se iban en dirección sur oeste, formando ensartas de bordes plateados deslizándose por el encopado grumoso y susurrante. Era en las horas del silencio que precede al ajetreo de una fiesta. Cuando el músculo cansado yace en el tapesco, que está metido entre las pestañas del rancho que escurre lagrimones de rocío. Ranchos pajizos como guacales embrocados en el fondo de la noche, tapando inquietudes. Y es que esa noche había sido la última de las celebraciones del patrono, en el pueblo de San Miguel Tucurú, enclavado en el ombligo de la serranía. Por eso era que recibía el sobiqueo de las corrientes de aire frío del norte y las cálidas del sur. En el centro, la Iglesia luciendo de blanco con sus aretes de campánula, estaba como una novia cortejada de cosas de feria… de pueblo.
Chinamas con altavoces gangueando la ronronera de loterías, o melodías en marimba y rockolas, cuyos ritmos encogían y estiraban a la gente. De entre los manteados inflados como globos, desde el atrio hasta el parque, salía con el humillo el tufo de comidas y de licores. De pronto, la Iglesia, como despertándose del letargo místico de los siglos y con el buche iluminado lleno de gente, sacudió la cabeza y entonces el sonido de las campanas fue seguido por el seco estallido de cohetes y morteros.
La gente que se movía al rededor de las chinamas y manteados, se envaró un instante, luego enardecida comenzó a gritar: -!Viii…vaaa…queee viii vaaa San Miguel Tucurúuuuuuu…! ¡uuu!… Jaja yooo…! Así moviéndose… moviéndose… todos juntos en la noche con los dientes fosforescentes y los ojos mojados de guaro, blanqueando al cielo quejumbroso y hediendo a cohete, se fueron acercando al atrio, formando una valla pegajosa como de caca de lucero para que el santo embustero, cara de cedro o de caoba, en hombros de cofrades, pasara anunciándoles la terminación de la feria. Al rato, la algarabía se fue apagando. Al Patrono San Miguel, en el cento de la Iglesia le quedaron brillando los ojos como asustados frente a charcos de llamitas que meaban cera. En el atrio, los cofrades, quemadores de cohetes se habían quedado como candelas recalentadas.
Y en una de las orejas de la Iglesia blanca… blanca como noviecita de pueblo, el sacristán exhausto, lengua de fuera, yacía abrazado al bronce de su fiel campana. Y ahora en el silencio de las cosas dormidas… cuando la oscurana a causa de la luna, las nubes y el aire es piel barcina tendida a secar, de punta a punta de los cerros. Es que comienza el mero cuento de nuestro cuento.
Sergio Gallardo del destacamento de las milicias acantonadas en San Miguel durante la feria, estaba de guardia esa noche. Cuando llegó a recibir turno, el otro le había dicho: “Ve vos Gallardo, oíme bien… aquí te estás. Cada media hora hacés ronda, comenzas vigilando la calle de arriba hasta onde topa el paredón, cerca del puente de la quebrada seca. Después te vas por el sanjón hasta la puerta del cementerio que se divisa allá lejitos. Diay, onde se hospeda el Capitán y terminando de contar veinte, te venís de güelta. No te olvidés vos, cualquier cosa que se mueva, como no podés decir “quien vivo”, terciás el arma, que es el santo y seña. ¡Si no te responden, echás punta!…”.
Después de cada ronda, Gallardo se aculaba al marco de la puerta, se entretenía moviendo los dedos dentro de los zapatos y viendo al desprendimiento de nubes que pasaban cepillando el lomo de la arboleda quejumbrosa, que rodeaba el cementerio, los cuales se balanceaban como si tomados de las ramas cantaran jugando, la tonada de la ranita: “Vamos a la vuelta del toro, toronjil, a ver a la rana comiendo perejil”. ¡Cómo le gustaba recordar aquellas cosas que había aprendido de patojo! Recordando, era cuando más hablaba consigo mismo. Siempre se hablaba y contestaba él mismo. Era mejor así. No entendía porqué los demás no eran como él. ¿Porqué estos babosos no son como yo? Se había preguntado más de una vez. -¡No hay como agrandar la pupila y hablarse uno mismo!. Así calladito, tranquilo. Sentir que uno es… uno mismo, aquí corazón adentro. Como la raíz del monte en el corazón de la tierra. Como las estrellas en el corazón del cielo.
Se recordaba que el último cohete lo asustó, cuando orinaba cerca del puente. Despúes, todo quedó en silencio. Silencio pegajoso de cosas que se embarcan borrachas en la llave del tiempo. Otra ronda más y vuelve al hueco de la puerta. La luna por momentos desaparecía entre las nubes. Al rato Gallardo olló un ruido como si se hubiesen descolgado del paredón, cayendo a medio puente. No se veía nada, solo el zumbido del viento, el suspiro de los grillos en el zanjón y el ladrar cancino de un perro a la distancia. Cuando comenzó a caminar pegado a la pared, una extraña emoción se le estaba enroscando en la cueva del carapacho. La boca la tenía un poco seca y las manos le sudaban tanto que apenas sostenía el eme-uno.
De pronto, la luna alumbró. Sergio Gallardo vió una sombra blanca moviéndose despacio a medio puente. Terció el arma del santo y seña convenido y esperó un rato… Nada. Entonces se llevó el fusil al rostro. Un ojo abierto en la mirilla como de buey, otro apachado, fruncido como remiendo de indio y temblándole la ceja torcida, haló el gatillo y … tac. Nervioso, siguió halando y el percutor: Tac… tac… tac…
Parpadeando confuso, comenzó a bajar el arma. Se quitó el casco y se rascó la greña. Entonces vio bien a la mujer… Le vio su vestido blanco de tela fina que el viento pegaba a sus formas incitantes, ardorosas y que distendiéndolo, lo dejaba como velo rosa ribeteado con luz de luna. A escazas dos varas del recluta, se detuvo aquella mujer, como obsequiándole la visión exquisita de sus formas. Porque el viento desnudándola, la dejaba como mariposa con alas levantadas y un juego de tibias entreluces en sus formas. Y cuando la luna se ocultaba, se quedaba temblando con ansias de volar, como si sus alas se hubiesen quedado prendidas en el barro de la oscurana.
El recluta Sergio Gallardo ya no sudaba frío, ya no sentía reseca la boca. Si ni siquiera escuchaba el eco del corazón rodando… rodando, cuando decidió irse tras de ella. Pero por más que hacía, no podía aproximarsele, pues los zapatos se le enredaban en el velo del vestido. Cuando era mucha la distancia que los separaba, la mujer se detenía a esperarlo.
¿Qué tiempo la siguió? ¿Por dónde anduvieron? Gallardo no podrá recordarlo nunca. Solo recuerda los trechos de alumbra y penumbra de la luna y aquel aroma exquisito. Por fin, gateando como monstruo que lame sobre el polvo su propia sombra, logró acercársele. Los chubascos de la emoción le hacían zumbar los oídos y tirabuzonadas de fuego se le metían en la garganta estallándole en los poros. Por cualquier lado agarraba el eme-uno quebrándose las uñas, cuando se fue incorporando con el vestido de la mujer, rozándole suave el rostro. Entonces fue cuando escuchó la pavorosa carcajada a sus espaldas, que le hizo estrellarse en los barrotes del portón del cementerio. La carcajada siguió sobre su cabeza y por todos lados como si fuese el viento, que levantando la tapa de los sepulcros trajera en carcajadas la cólera pútrida de los espectros y así, trabado de la cabeza vio el grupo de esqueletos brillando como luciérnagas. Mientras unos bailaban formando círculos, cantando entre horribles carcajadas la tonada de la ranita: “Demos una vueeelta los huesos ya sin piel, a ver si el recluta nos quiere acompañar”. Otros, lo halaban queriéndolo meter por los barrotes.
Horas más tarde, Sergio Gallardo, en la enfermería, temblando emitía roncos gemidos. Después abrió la boca y su lengua hundida dio unas vueltas como sapo que se traga una mosca. Lentamente abrió un ojo, después el otro, volviendo a cerrar los dos. -¡Como que ya vuelve muchá…, como que ya…! ¡Bueno vos Chejo, que te pasoooo…! ¡Qué te pasooo… hombre! Uno de los hombres que rodeaban la cama, era el Capitán del destacamento que finalmente dijo: -¡Qué raro…! Jamás nos vamos a explicar qué hacía este pobre mudo trabado en los barrotes de la puerta del cementerio. Es fue su encuentro con la Siguanaba.
Escrito por: Oscar Ovalle Samayoa. Tomado del libro Recopilatorio de cuentos guatemaltecos de Luis Antonio Díaz Vasconcelos. Publicado el 22 de marzo de 1984, por el Centro Nacional de Libros de Texto y Material Didáctico “José de Pineda Ibarra”. CENALTEX, del Ministerio de Educación de Guatemala.
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