En tiempo de la conquista de Guatemala, llegó Hernán Cortés y su ejército al extensísimo territorio de El Peten, salvando un sinfín de obstáculos que les ponía al frente la selva virgen petenera.
Como los naturales de este territorio, se portaron sumisamente ante el jefe del ejército español, estando en las orillas del lago Peten Itzá, lo llevaron a la isla mayor del mismo, que antes fue Tayasal y actualmente se llama Flores; y allí lo recibieron con muchos regalos.
Las mujeres itzaes miraban a Hernán Cortés, como una especie de los dioses, pero siempre con mucho temor.
Hubo una hermosa muchacha llamada Sacnicté (Flor de Mayo), que al verlo se prendó de él, a quien según pensaba había esperado por mucho tiempo.Cortés, al ver la belleza de Sacnicté, acostumbraba salir de paseo por todo el lago con ella, conociendo bellos parajes, sin ningún recelo de su parte, sabiendo que iba acompañado de una real princesa adorada por su pueblo.
Se sucedieron continuamente las salidas, y viendo Cortés, que ya tenía suficiente confianza en Sacnicté, procuró disuadirla para que le enseñara los lugares donde los indios solían llevar todas sus riquezas. Este fue el primer pensamiento que tuvo Cortés, al saber que no pasaba desapercibido a la hermosa princesa.
Pero ella, aun dudando de su cariño, quiso probarlo pidiéndole su cabalgadura como prenda, a lo que Cortés, aunque doliéndose de deshacerse del más hermoso caballo, respondió con el obsequio. Luego Sacnicté lo llevó a un islote de Cocos, que en la misma forma, que la isla de Flores, era como un volcán con su cráter, ya que al llegar a él, tuvieron que subir a la cúspide y luego descender por una especie de escalera, por donde pasaban los itzaes a dejar toda clase de piedras preciosas y oro.
Gran sorpresa se llevó Cortés, al ver el amontonamiento en oro que había en el fondo del islote; y mucho más fue la sorpresa que lo acometió, al ver que al final de la caminata había un gran disco brillante y a la par del mismo, un mazo, que según le explicó Sacnicté, servía para avisar que habían intrusos en sus tesoros, lo que era buena forma de alarma primitiva.
Los indios se enteraron que la princesa había infringido sus leyes, por lo que se pusieron en guardia para contrarrestar las fuerzas españolas en el momento decisivo en que quisieran llevarse lo más preciado que tenían; sin embargo, el jefe español los calmó, dándoles diferentes baratijas de gran valor para los indios, y éstos correspondieron a la confianza, entregándole varios jarros llenos de oro, así como diferentes monolitos tallados del mismo valioso metal.
Como la ambición de Cortés fue mucha, adelantó la cuarta parte de su ejército hacia el sur del territorio, con todos los regalos de los indios, para luego ver la forma de quedarse absolutamente con toda la existencia del oro; y fue de esta manera como los indios se vieron en la necesidad de luchar contra los españoles, sacándolos de su territorio en rápida huida, de la misma forma como una jauría persigue su presa; y hasta que éstos creyeron conveniente dejaron de perseguirlos.
Sacnicté, que se había enamorado de Cortés, lo siguió por toda la selva, montada en su caballo, hasta darle alcance, pero éste la recibió fríamente desposeyéndola de sus prendas de oro y tomándola prisionera como salvación a su derrota, puesto que le serviría como rehén. Pero estando la princesa, encerrada en su prisión, convenció con su belleza al guardia, quien se llamaba Juan Carbunclo, y después de matarlo huyó a gran velocidad hacia su pueblo, donde los indios, creyendo que eran los españoles, la mataron por error con todo y cabalgadura.
Al darse cuenta los indios de esta desgracia, en venganza, envolvieron el cuerpo del caballo en una especie de cemento para que no saliera el espíritu maligno de Cortés y siguiera gozando con exterminar a sus hermanos. Según creían, de esa manera no llegaba a la otra vida. En cambio, el cuerpo de Sacnicté, como era una real princesa, la embalsamaron y la enterraron en el templo principal de su pueblo.
Cuando ya habían terminado con el entierro de su princesa, tomaron el cuerpo del caballo, para trasladarlo por agua, hacia un lugar especial que tenían para los malos espíritus, cerca de San Andrés y el Rancho de la Chingada; mas por mala suerte de los indios, cuando ya se encontraban a pocos metros del lugar, los invadió un fuerte ventarrón, haciéndolos naufragar y con ellos quedó para siempre en la profundidad del lago, el cuerpo del caballo de piedra que Hernán Cortés le regaló a Sacnicté…
Tomado del libro “Cuentos y Leyendas de Guatemala” de Otto Alvarado Pinelo. Colección contemporáneos, No. 91, editorial “José de Pineda Ibarra”, Ministerio de Educación de Guatemala, 1968.
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