sábado, 30 de mayo de 2015

EL ENCANTO DEL AMATE

Esta historia se la narró don Leandro Medina López al recordado cronista, don Héctor Gaytán Alfaro para su programa “La Calle donde Tú Vives. El relato comienza así:
Para que vea el tiempo que tiene lo que hoy le cuento y los años que han pasado, le digo que fue en tiempos cuando el que no tenía el boleto de vialidad era obligado a romper piedras en los caminos de tierra.
Aquella ya no era vida la que llevábamos en el campo; siempre andábamos de juida, metiéndonos entre los guatales cuando la rural hacía sus rondas pidiendo el mentado papel.
Créame don Héctor, no sé si fue sueño o realidad lo que una tarde me aconteció. Venía bajando por una pequeña vereda con mi machete al cinto, cuando a lo lejos escuché el tropel de las bestias que sin duda alguna me iban a hacer encuentro y lo más fregado del caso es que eran los de la rural que andaban a la pesca de la gente para llevarlos al “cupo”.
Como Dios me dio licencia, me fui agachando entre unos matorrales, hasta quedarme tendido y tapado con una ramazón de cafetal que por providencia divina ahí estaba. Con más miedo que otra cosa esperé que pasaran todos y cuando calculé que todos iban lejos, fui saliendo poco a poco. Por poco caigo muerto del susto. Otro condenado de la rural se había atrasado un poco y la verdad que ya no me dio tiempo de a tirarme al mismo trechito del cafetal y ahí se armó la del diablo. Aquel hombre con cara de toro bejunquero me pidió el boleto de vialidad. Ante aquel caso tan fregado no tuve más que salir huyendo entre el monte sin rumbo fijo.
El corazón me tronaba como tambor de Corpus y las canillas se me doblaban. Sentía muy cerquita el trote de la bestia; los pilazos de la charpa casi me alcanzaban, pero cuando me di cuenta ya lo había dejado como a unos diez metros atrás. El hombre principió a silbar un gorgorito y a disparar al aire, sin duda para que sus compañeros se dieran cuenta y regresaran . Yo seguí corriendo y bajando a la Corte Celestial, clamando con todos los Santos. No sé ni cómo, pero un bejuco se me enredó en el pie haciéndome trastrabillar y caer de boca al pie de un gran amate.
No sé cuánto tiempo pasé ahí botado; lo que sí me acuerdo es que estaba metido como en una cuevita cercana al amate y como decimos allá en la aldea, “la duda me picó la cresta”, porque en el final de la cuevita, es decir, al tope, vi una pequeña luz que se apagaba y encendía, se apaga y se encendía, como ver los anuncios de colores de aquí de la Capital.
Me quedé quieto y esperando oír algo allá afuera, pero sólo el ruido de las hojas que el aire arrastraba se dejaba escuchar. Con mi machete en la mano, me fui acercando a la lucita del fondo…
Aquel día estaba de mala suerte, porque otra vuelta me caigo cuando llegaba donde estaba la lucita; me fui de rodada y cuando quise ver la mentada lucita ésta ya no estaba en su lugar. Había una ventanita que daba a un terreno trasero de la cuevita, cuando me di cuenta ya estaba afuera, salí como pude de aquel lugar.
Lo de afuera no era lo que yo conocía y por donde yo pasaba todos los días; era completamente distinto el lugar a donde había ido a parar. Caminé y caminé sin saber a dónde iba, como un sonámbulo; había caminos de herradura, pequeñas veredas y un calor de todos los diablos. Calculé que ya eran las doce porque mi estómago hacía más ruido que político en campaña, pero aquel ambiente caluroso y solitario no me daba ni siquiera chance a pensar en comer algo. Seguí caminando y caminando por aquellos caminos raros y desconocidos; para no cansarlo, me agarró la noche y la vista se me alegró cuando en una lomita divisé un rancho; un grupo de chuchos bravos me fueron a hacer encuentro y el dueño estuvo listo para que no me mordieran.
El buen hombre me dio de comer y donde dormir. Me levanté y seguí mi camino. Le digo sinceramente que no tuve el valor de preguntarle en qué lugar estaba. Cuando ya había caminado un buen trecho, encontré a unos patojos que creo venían de la escuela.
-Buenas tardes señor. -Mejor las tengan ustedes patojos. ¿A dónde van?
-Venimos dirá usted, porque hace un tantito salimos de la escuela y vamos a almorzar.
Me registré la bolsa del pantalón y solamente dos quetzales tenía en billetes de los grandes. En esas estaba cuando a lo lejos escuché un pito de tren que me hizo dar una carrerita por un pequeño extravío de platanares; corrí como un desesperado, y allí fue parando el tren poco a poco. El susto no me pasaba; uno de los brequeros me dijo que estaba en Izabal. ¿Pero cómo era posible que yo estuviera tan lejos? Un frío como de paludismo me sacudió el cuerpo, sonó el pito y el tren comenzó a caminar muy despacio; a los pocos momentos ya el tren iba como alma que se lleva el diablo rumbo a la Capital.
Cuando llegué a Escuintla, mi familia estaba muy apenada por no saber de mi paradero en tantos días, en muchos días.
¿Muchos días?, pero si solamente fueron dos días los que yo falté a la casa, cuando me sucedió, pero la verdad es que fueron quince largos días los que yo me había perdido.
A nadie quise contradecir  y siempre así quedó el asunto tan extraño. Algunas gentes de la aldea me dijeron que en esa cuevita famosa habían sucedido muchos “encantos” y que yo había tenido suerte de no quedarme ahí para siempre.
Nadie lo creerá , pero es la pura verdad.
Tomado del libro “La calle tú vives” Tomo 2, segunda edición de Héctor Gaytán Alfaro. ISBN: 84-89452-19-9

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